—¡¿Lo harás tú o lo hago yo?! —bramó Santino, su voz cargada de frustración.
Santino tenía a Adamo agarrado de la chaqueta de cuero con una fuerza que dejaba claro que no iba a soltarlo fácilmente. Su mirada ardía con furia contenida, mientras su mandíbula apretada reflejaba la tensión del momento.
La desesperación lo había llevado al límite, igual que su madre, y su rabia se centraba ahora en Adamo, a quien veía como el responsable de tomar una decisión que parecía tardar demasiado. No solo e