Entramos a la novena tienda de ropa, o quizá la décima quinta; ya he perdido la cuenta. No entiendo cómo mi madre y Asha pueden aguantar tanto, caminando y revisando todos estos estúpidos vestidos brillosos y ridículos. No voy a cumplir cinco años, y no es una fiesta infantil, aunque con estos vestidos parece que terminará siendo un circo.
—Mira este, Antonella, ¿a poco no es bellísimo? —dice mi madre, sosteniendo un vestido con tanta pedrería que podría cegarte.
—Sí que lo es —respondo, espera