—Tsss. Te faltan unos 100 años para que yo pueda depender de ti —afirmé. Las tres de siempre echaron a reír de nuevo.
—¡Vaya! Eso no es lo que me dices cuando estamos a solas... —contraatacó, con su toque coqueto y desinhibido de siempre. Se escuchó un gran "oooh" alrededor que me dejó en jaque.
—Porque en privado sólo te digo lo que tus dulces orejitas quieren escuchar —sentencié, provocando en ella una sonrisita de las suyas y que todas se quedaran boquiabiertas. No le di tiempo a retrucar, m