La penumbra roja del reservado del Purgatorio parecía arder a su alrededor, convertida en una caldera sofocante donde el aire quemaba al entrar en los pulmones. Suspirando el aliento del otro, atrapados en un bucle de fricción y necesidad, ninguno de los dos hizo el menor intento de marcar distancia. La amenaza de que Javi regresara con la botella de mezcal o que Theo terminara su llamada telefónica en el pasillo se evaporó por completo, sustituida por un hambre voraz que había derribad