El clímax era una marea negra y abrasadora que amenazaba con arrastrarlos a ambos al vacío. Elena tenía la espalda completamente arqueada sobre la piel del sillón, los dedos rígidos clavados en la abultada rigidez de Dimitrios a través de la tela del pantalón de sastre, mientras la base de la palma del magnate presionaba y frotaba con una firmeza implacable la costura gruesa de sus vaqueros. Estaban a una sola exhalación, a un solo espasmo de derramarse sobre la ropa en una combustión devastad