67. La Herencia de la Sal
Al fondo del Diwán, apoyado contra una columna de mármol con los brazos cruzados sobre el pecho, Matteo De Luca observaba la escena. Su camisa blanca estaba limpia, pero la palidez de su rostro delataba que la fiebre seguía quemándole las entrañas; sin embargo, sus ojos oscuros brillaban con una satisfacción enfermiza al ver al Melik sometido. Sus celos destructivos se habían aplacado temporalmente al ver que el príncipe del este ya no era una amenaza para el cuerpo de la italiana.
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