45. El Robo del Viento
Con un giro violento de sus articulaciones, aprovechando la humedad de su propia sangre que actuaba como lubricante, Elena deslizó la mano izquierda fuera de la ligadura. La soga cayó al suelo de la tienda con un roce sordo.
Elena no se detuvo a quejarse del dolor. Se frotó las muñecas rápidamente para recuperar la circulación, sintiendo el latido desbocado de su pulso. La fiera estaba suelta.
Elena tomó una pesada jarra de arcilla llena de agua que estaba junto a los cojines. Hizo una seña