44. La Hermandad de los Rivales
A cincuenta kilómetros de allí, adentrándose en el corazón del desierto oriental donde las dunas se volvían rojas y escarpadas, la columna de vehículos de Amir devoraba la arena a una velocidad suicida. El rugido de los motores de ocho cilindros rompía la quietud de la tarde.
En el interior del todoterreno de vanguardia, la atmósfera estaba cargada de un magnetismo peligroso. Amir conducía con las manos aferradas al volante, sus nudillos blancos delatando la tensión brutal que contenía su cu