46. Sangre y la Ceniza
Un grito de alerta rasgó el aire desde el centro del campamento, apagando el sonido de los tambores.
—¡La extranjera! ¡La ramera de Occidente ha escapado! ¡Busquen en las tiendas!
El campamento estalló en un avispero de luces y órdenes gritadas en árabe. Elena no esperó. Apoyó su mano izquierda en la cruz del caballo, tomó impulso con la pierna derecha y, en un despliegue de fuerza física que rasgó por completo la seda de su bata, se montó a horcajadas sobre el lomo desnudo del animal. El se