40. El Sacrificio de la Carne
El humo negro de la explosión flotaba en el aire como una mortaja de ceniza, disolviéndose lentamente bajo el sol implacable. Elena tosía, con los pulmones ardiendo por el azufre, mientras intentaba incorporarse sobre el suelo de sal. A su lado, Amir se levantaba con la pesadez de un titán herido; la onda expansiva lo había arrojado contra el chasis, y un hilo de sangre corría por su sien izquierda, contrastando con la palidez gélida de su rostro.
Antes de que el Emir pudiera levantar su arma