39. Sangre y Sal
Nikos, por su parte, mantenía el dedo en el gatillo, con una fijeza asesina en sus ojos verdes. No le importaban los imperios ni las dunas; Elena Rossi era el único premio por el que estaba dispuesto a morir y matar, y la idea de que cayera en manos de los salvajes de Sharqat le revolvía el estómago de una forma puramente física, un dolor agudo que nacía del deseo insatisfecho de poseerla él mismo.
—Da la orden, Emir... —susurró Matteo desde atrás, con una voz ronca y pastosa por el esfuerzo