La tarde estaba tibia, con una brisa suave que movía el cabello de Amelia mientras caminaba tomada de la mano de Erick hacia el centro de la ciudad. Ambos iban riendo por cosas pequeñas, como si siempre hubieran sido así: simples, libres, enamorados.
Erick apretaba su mano como si temiera soltarla y perderla otra vez.
Y Amelia sentía que el mundo podía caerse… pero mientras él estuviera a su lado, todo estaría bien.
Entraron a la boutique más elegante del pueblo costero: ventanales altos, músic