La mañana se sentía tranquila, casi demasiado tranquila para lo que estaba por ocurrir. El aire estaba impregnado de ese aroma dulce y cálido que envolvía todo el local, mantequilla, galleta recién horneada, canela y azúcar caramelizada que se mezclaban en una fragancia acogedora, casi perfecta. Clara se movía con delicadeza entre las mesas de trabajo, concentrada en decorar las tartas con precisión, sus dedos cubiertos de crema mientras sonreía para sí misma, completamente ajena a la tormenta