Miguel corría al lado de la camilla sin apartarse ni un segundo, sus manos apretadas a los bordes metálicos como si eso fuera lo único que lo mantenía en pie, sus ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer, respirando con dificultad mientras seguía cada movimiento de los paramédicos que empujaban a Miriam con urgencia por los pasillos del hospital, su mente completamente en blanco, incapaz de procesar nada más que el sonido débil de ese monitor que marcaba que ella aún seguía luchando.