Después de un rato, Armand estaba recostado en el sofá, con Mildred sobre él, acariciando sus cabellos rubios. Su intensidad se había calmado, y había sido reemplazada por una delicadeza que jamás nadie había visto en él.
—Eres la primera mujer que me hace perder el control de esa manera, Mildred… —murmuró, con la voz más baja—. Tan solo ver a ese tarado tratando de conquistarte… tocarte más de lo necesario… me hizo querer arrancarle la cabeza.
Sus dedos recorrieron su espalda lentamente.
—Todo