El reloj marcaba las 3:14 p. m. cuando Sebastián se adentró en el viejo parqueadero de un hostal clausurado en el centro. No llevaba guardaespaldas. Solo una carpeta bajo el brazo y un teléfono grabando en el bolsillo interno de su chaqueta. Sabía que esto podía salir mal… pero si quería que alguien hablara, tendría que ser así: solo, directo, sin máscaras.
Al fondo, en una mesa de plástico, lo esperaba Franklin Ríos. Antiguo contador de la red. Borracho, resentido… y asustado. Tenía los ojos h