Valentina caminaba de un lado a otro en la sala de su apartamento. La ciudad brillaba detrás del ventanal, pero ella no la veía. Tenía los labios apretados, la respiración agitada. En su cabeza, las piezas no terminaban de encajar. O tal vez sí, y simplemente no quería aceptarlo.
Sebastián apareció en la puerta con una taza de café. Llevaba una camiseta de algodón y el cabello revuelto. Ella se detuvo al verlo.
—¿Dormiste algo? —preguntó él.
—¿Tú crees que puedo dormir sabiendo lo que sé?
Él se