—Si queremos atraparla, no podemos dejar cabos sueltos —dijo Valentina, mientras deslizaba documentos sobre la mesa del comedor. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado, una camiseta sin mangas y ese brillo concentrado en la mirada que Sebastián encontraba peligrosamente sexy.
—Lo que estás planteando no es solo un caso judicial, Valentina —replicó él, recostado en la silla con los brazos cruzados—. Es una guerra. Y las guerras no se ganan con moral. Se ganan con estrategia… y con algo