El apartamento de Valentina amanecía en un silencio extraño, casi pacífico. La ciudad, allá afuera, aún no despertaba del todo, pero adentro, entre sábanas revueltas y pieles tibias, el día comenzaba con otra cadencia.
Valentina abrió los ojos lentamente. Sebastián dormía profundamente a su lado, en esa cama que hasta hace unas semanas sentía tan suya… y ahora, compartida con él, parecía otra. Lo observó en silencio, aún incrédula de tenerlo ahí. De haberlo dejado entrar de nuevo a su mundo, a