Sebastián no era idiota.
Sabía que estaba perdiendo el control.
Lo sentía en las noches, cuando el whisky no sabía a nada, y en las mañanas, cuando el silencio del teléfono lo golpeaba como una burla.
Desde aquella reunión con el comité, no había vuelto a dormir bien.
Valentina lo había ignorado con una elegancia quirúrgica, dejándolo expuesto frente a sus socios.
La forma en que lo miró —o más bien, en que no lo miró— había calado hondo.
Intentaba convencerse de que no le importaba