Valentina eligió su ropa con precisión quirúrgica.
Nada era casual. Ni el escote profundo pero elegante, ni la falda ceñida que rozaba sus muslos como una promesa, ni los tacones negros que marcaban cada paso con autoridad.
No lo hacía por él.
Lo hacía por ella.
El vestido era como una armadura tejida con fuego.
Oscuro. Inmaculado. Inolvidable.
Desde aquella noche en su oficina, Sebastián Reyes no existía.
No lo había llamado. No le había respondido ningún gesto.
Y cada vez que pensaba en él, e