No volvió a escribirle.
Después de aquella noche, Sebastián hizo lo que mejor sabía hacer: cerrar la puerta, enterrar el deseo, fingir que nada lo tocaba.
Durante las primeras horas del día siguiente, repitió en su mente que había sido solo sexo. Una descarga. Un desahogo carnal entre dos adultos que sabían lo que hacían.
Se duchó. Se puso su traje más caro. Dio órdenes. Firmó contratos.
Y no pensó en ella. O eso se dijo a sí mismo.
Pero por la tarde, al cruzar la puerta de su oficina, el aire