Valentina había aprendido a leer los silencios. En los juzgados, los testigos más peligrosos no eran los que mentían: eran los que omitían. Y ahora, el silencio de Tomás era un grito disfrazado. Algo ocultaba. Algo le había quitado el habla, y no podía esperar a que regresara con respuestas. Tal vez no volvería. Tal vez ya no estaba de su lado.
Encendiendo su antiguo portátil, el que había usado antes de conocerlo, se sumergió en la investigación con una determinación que nacía del dolor. No po