El frío de la madrugada se filtraba por las ventanas de la celda especial donde Isabel Montenegro esperaba su traslado para una nueva ronda de interrogatorios. No era una cárcel común, pero tampoco el lugar de lujo al que alguna vez estaba acostumbrada. Desde la Fiscalía, su mundo se encogía más cada hora.
Ya no llegaban las llamadas de respaldo. Los teléfonos que antes vibraban con ofertas de ayuda, favores y promesas de protección ahora permanecían en silencio. Los pocos infiltrados que le qu