"No se necesita un arma para iniciar una revolución. Basta con un pueblo que deje de temer."
Los primeros días después de la publicación del Expediente Montenegro fueron de vértigo, silencio y llanto. Como si el país entero estuviera de duelo. No por una muerte, sino por todas las vidas que habían sido saqueadas sin siquiera notarlo.
Pero luego vino la ira lúcida.
Esa que no destruye por impulso, sino que construye desde la herida.
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En Bogotá, la Plaza de Bolívar amaneció tapizada con miles de