La mañana siguiente a la gala, Valentina y Tomás se encerraron en el viejo apartamento de un amigo desaparecido, un lugar polvoriento pero seguro, donde nadie pensaría en buscarlos. La luz de la pantalla de la laptop iluminaba sus rostros cansados. El silencio era tenso, como si cada clic pudiera detonar una bomba.
—¿Estás lista? —preguntó Tomás, sentado frente al computador con un café frío entre las manos.
Valentina asintió.
—Dame acceso a los registros comerciales primero. Si existe oficialm