Isabel Montenegro estaba sentada frente a una chimenea encendida, aunque no sentía frío. En su mano izquierda sostenía un whisky que ya no sabía a nada. En la derecha, su teléfono vibraba sin cesar, pero no respondía. Ya había escuchado suficiente.
Desde hacía más de una hora circulaban clips en redes sociales, declaraciones ambiguas del presidente deslindándose de toda conexión con ella. Un vocero lo había dicho con claridad: *“La señora Montenegro no representa ni ha representado los interese