La reunión en la Casa de Nariño se había convocado con carácter urgente. Eran las 6:12 de la mañana y la sala de crisis ya estaba llena: ministros, asesores, los altos mandos de inteligencia, dos generales de confianza y el fiscal encargado. El presidente no había dormido. Ni siquiera se había cambiado de ropa.
Tenía el rostro desencajado, los ojos hundidos y las manos temblorosas mientras sostenía un termo de café que ya no recordaba haber pedido.
—¿Cómo se nos fue de las manos? —preguntó con