La "lista roja" no era un mito. Era un archivo oculto entre los pliegues más oscuros del poder, una red de sicarios invisibles, funcionarios corruptos y mercenarios de la desinformación listos para activarse con una sola orden de Isabel. Y esa orden ya se había dado.
Antes de que amaneciera, dos fiscales habían sido seguidos. Uno de ellos —el mismo que había aceptado reabrir el caso contra Montenegro— sufrió un aparatoso accidente en una curva solitaria de la vía al Llano. No sobrevivió. La pre