Isabel no dormía. Desde el salón de mármol de su mansión en los cerros de Suba, con las luces apagadas y el vino intacto, miraba en silencio la pantalla del televisor. La transmisión especial aún resonaba en los portales digitales: el presidente, con voz temblorosa, había condenado los actos de corrupción ligados a “empresarios sin escrúpulos”. Nunca mencionó su nombre, pero no hacía falta.
—Cobarde… —susurró, con una sonrisa torcida.
La traición era un lenguaje que Isabel hablaba con fluidez,