El dolor era lo primero que sentía al despertar. No el dolor agudo de una herida, sino un dolor sordo y constante que se había instalado en mi garganta, un fuego que ardía con cada respiro. Había pasado días, o tal vez horas, no lo sabía, gritando. Gritando hasta que mi voz se había roto, hasta que mis cuerdas vocales se habían convertido en un amasijo de dolor. Grité su nombre. Grité el nombre de Dumas. Grité el nombre de Layla. Grité por ayuda. Grité por piedad. Pero el sótano en el que estab