La necesidad de espacio me había llevado a un lugar familiar, un refugio de la tormenta emocional que había sido mi tarde. El parque donde Dumas y yo habíamos tenido nuestra primera cita parecía el único lugar lógico para ir. Era un santuario de paz, un lugar donde mis pensamientos, antes una avalancha de ira e indignación, podían encontrar un poco de calma.
Me senté en un banco, bajo la sombra de un roble, y me sumergí en la tranquilidad del lugar. La tarde estaba pintada con tonos dorados y