La noche se sentía diferente. Después de la tensión de la tarde, el aire entre Dumas y yo se había disipado, reemplazado por una calma silenciosa y una comprensión mutua. La lluvia había cesado, dejando las calles de la ciudad relucientes bajo las luces de neón.
Cuando salimos de la oficina, Dumas me tomó de la mano, con una suavidad que me hizo sentir que mi corazón estaba a salvo con él. El simple gesto de su tacto, el calor de su palma contra la mía, era un recordatorio de todo lo que habíam