El aroma a café recién hecho flotaba en el apartamento de Layla, una fragancia de normalidad y paz que contrastaba fuertemente con el caos de la noche anterior. La llovizna seguía cayendo, su sonido constante contra la ventana, un suave murmullo de fondo. Me sentía agotada, pero extrañamente serena. Las lágrimas ya no estaban allí, habían sido reemplazadas por una claridad gélida, como la que sentía en el aire de la mañana. Me levanté de la cama de Layla, una cama de sábanas suaves y una almoha