Los cimientos de la paz que había encontrado en el banco se agrietaron al oír esa voz. Era una voz que, por desgracia, reconocía al instante, acompañada de una presencia que llenaba el espacio con la misma facilidad con la que un huracán arrasa un pueblo entero. Me obligué a girar la cabeza, y al hacerlo, mi corazón se hundió.
Allí estaban, como si hubieran brotado del mismo césped del parque: los señores Moreno, los padres de Lucas, y al lado, con esa misma sonrisa de suficiencia que solía des