El viaje fue silencioso, pero no incómodo. Él me miraba de reojo, asegurándose de que estaba bien, y yo le agradecía con una pequeña sonrisa que no sabía si era honesta o solo una excusa para no preocuparlo.
Llegamos a su edificio, un rascacielos de cristal y metal que se alzaba sobre el horizonte de la ciudad. El ascensor subió con una velocidad impresionante, y al entrar a su apartamento, sentí un suspiro de alivio. Era un espacio amplio y minimalista, con grandes ventanales que ofrecían una