El sonido de las llaves de la puerta principal de la mansión Moretti resonó con un eco profundo que recorría todos los pasillos, marcando el fin del traslado y el inicio de algo nuevo. Las cajas aún sin abrir bordeaban los muros, pero el aire ya cargaba el aroma de incienso que Ileín siempre encendía en las mañanas y el toque dulce del pan casero que la cocinera había preparado para la familia. Ajustaba la última foto en la repisa del salón principal —una imagen de Julliano, de cinco años, rien