En Milán, Salvatore llegó justo a tiempo para encontrar a la familia Moretti en una reunión tensa. Vittorino, con la frente arrugada por el estrés, mostraba documentos sobre las pérdidas que habían sufrido las empresas desde que Máximo había perdido el rumbo. Marcelo estaba agotado, tratando de mantener a flote tanto el negocio como el taller de diseño.
—Ya he hablado con los clientes más importantes —anunció Salvatore, colocándose al frente de la mesa—. Han aceptado dar más tiempo para los pag