Entre tanto, en Milán, Máximo se había convertido en la encarnación del caos. Su rostro, antes imponente pero controlado, ahora estaba marcado por moretones, cortes y la oscuridad de sus ojos vacíos. Había perdido toda la prudencia que alguna vez tuvo: frecuentaba los prostíbulos más sucios de la ciudad, bebía hasta perder el conocimiento y resolvía cualquier disputa con puños, cuchillos o lo que se cruzara en su camino.
Estaba dedicado a los negocios más turbios: tráfico de alcohol ilegal, exp