Salvatore cruzó la frontera española con la presencia imponente que lo caracterizaba: traje negro impecable, rostro marcado por la seriedad de quien maneja negocios en la sombra, manos grandes y fuertes que habían cerrado acuerdos y roto huesos cuando era necesario. En su coche negro, sin placas visibles, llevaba consigo la orden de Vittorio y Joana: encontrar a Ilein y Susy, traerlas de vuelta o al menos asegurar que están a salvo.
En Madrid, se movió por los bajos fondos y los círculos poder