Salvatore aparcó el coche y ambos subieron al apartamento juntos, todavía con los vestidos de la boda. El ambiente era cálido y familiar, con libros de cocina por todas partes y el aroma de café que quedaba en el aire.
Sin decir nada, se abrazaron. Sus manos ya conocían cada curva del cuerpo del otro, cada señal de ternura o deseo. Aquella no sería la primera vez que se entregaban el uno al otro, pero esta vez era distinta —iba a ser la última antes de la despedida.
Comenzaron a besarse despaci