Adolfo aparece en la puerta de mi oficina, y mi sorpresa es tan grande que casi tiro el lápiz. Llevaba una semana desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra.
—Pensé que sabría de ti cuando me avisaran de tu funeral —bromeo, sin despegar los ojos de los cálculos del libro de contabilidad del restaurante.
—Tú eres el perdido. Ni de ti ni de Miguel he sabido nada —responde, tomando un puño de cacahuates de mi escritorio sin preguntar—, típico de Adolfo.
—Estoy hasta el gorro de los nego