El amanecer en Bogotá tenía un aire distinto.
Esa mezcla entre frío, esperanza y café recién hecho que anuncia que algo nuevo está por comenzar.
El taller de Montoya & Rivas estaba cubierto de telas suaves, tonos pasteles y bocetos que llenaban cada pared.
Era como si el pasado y el presente hubieran decidido convivir bajo el mismo techo.
Mi madre, sentada frente a la mesa principal, sostenía un lápiz entre los dedos con la misma elegancia con la que una bailarina se sostiene en puntas.
Su mira