El vuelo de regreso desde París fue tranquilo, casi silencioso.
La ciudad se despidió entre nubes y reflejos dorados, como si guardara nuestros secretos en su cielo.
Alejandro dormía a mi lado, con la cabeza recostada sobre mi hombro.
Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en lo que había leído aquella mañana:
Un correo corto, sin firma.
Solo una frase:
“Isabella, quiero verte. —Mamá.”
Las letras aún me temblaban en la mente.
No la veía desde hacía años.
No desde aquella noche en que la fama,