Bogotá amaneció cubierta de luz.
No gris.
No lluviosa.
No rota.
Luz.
El cielo despejado dejaba ver las montañas completas detrás de la ciudad y el aire frío de la mañana entraba suavemente por las ventanas abiertas de la casa.
Desperté antes que Alejandro.
Pero esta vez no fue por ansiedad.
No fue porque mi mente estuviera corriendo detrás de pendientes o preocupaciones invisibles.
Simplemente desperté.
Y me quedé ahí unos segundos, observando el techo, escuchando el silencio tranquilo de la ha