El resto del mundo se detuvo. Después del funeral, que Spencer manejó con una discreción y eficiencia impecables, me instalé en su penthouse. La inmensa suite se había convertido en mi prisión de luto.
Yo no tenía ánimo para nada. Pasaba el día en la cama de Spencer, una extensión de seda y plumas que me parecía tan distante como la luna. No tenía hambre, no tenía sed, no tenía ganas de levantarme. Solo quería dormir, hundirme en la oscuridad del descanso para evitar la insoportable realidad.
S