El ático de la Torre Cavallaro era un caleidoscopio de violencia contenida. El viento del Caribe aullaba a través de las grietas del cristal templado, mezclándose con el siseo del té de jazmín que seguía humeando sobre el escritorio de caoba. Madame Yue se movía entre los espejos con una fluidez que desafiaba sus años, sus pasos apenas audibles sobre la alfombra de seda persa.
Alessandra sostenía la daga de los Leão con una mano que ya no temblaba. Veía su imagen multiplicada por cien: una gu