La Torre Cavallaro se alzaba sobre el perfil de Cartagena como un obelisco de arrogancia. Con sesenta pisos de vidrio templado que reflejaban la luna del Caribe, era el monumento que Franco había erigido a su propia mentira. Pero esta noche, el edificio no respiraba el aire del poder; respiraba el miedo de una ocupación extranjera.
A tres kilómetros de distancia, en los muelles de la Sociedad Portuaria, el plan de Bermúdez estalló en una sinfonía de fuego y metal. Camiones cisterna explotaron