Londres en mayo era una acuarela de grises y acero. Alessandra Leão observaba la City desde el ventanal de una suite privada en el Shard. Ya no vestía el neopreno sucio de las alcantarillas de Cartagena ni el lino de Oporto. Llevaba un traje sastre de seda color carbón, diseñado por manos italianas para ocultar una funda de tobillo y un transmisor de frecuencia variable.
—El nombre es Isabel Santoro, consultora de riesgos para fondos soberanos —dijo Dante, apareciendo detrás de ella. Él vestí