El sueño llegó como una niebla espesa, arrastrándose bajo la puerta de su consciencia. Brianna se encontró corriendo por un bosque que nunca había pisado, pero que reconocía en cada fibra de su ser. La luna, enorme y plateada, iluminaba un sendero entre pinos antiguos. Sus pies —que no eran sus pies— se movían con la seguridad de quien conoce cada raíz, cada piedra, cada secreto enterrado bajo el musgo.
Sangre. Había sangre en sus manos. No era suya.
"Corre", le ordenaba una voz en su cabeza. "